Ayudando a los Creyentes a Adorar en Espíritu y en Verdad

La adoración verdadera no puede ser forzada ni fabricada. No es el resultado del talento, la música o el ambiente. Es una respuesta genuina del corazón cuando el creyente ve a Dios por quien Él es.

Este recurso existe para ayudar a los creyentes a adorar, no para producir adoración.

¿Cómo hacemos para que la gente adore?

La respuesta es sencilla, pero confrontante: no puedes.

Es humanamente imposible hacer que la gente adore. A pesar del talento del músico, el espíritu de adoración en el servicio, la habilidad de los medios o el volumen de la música, nadie puede hacer que otra persona verdaderamente adore a Dios.

Debido a ello, un líder de adoración debe concentrarse en proveer una atmósfera que conduzca a la adoración. Una mejor forma de considerarlo es ayudar a la gente a adorar.

Ayudar a la gente a adorar no es hacer que adore; es remover los obstáculos para que puedan ver a Dios.

Dirigir la alabanza es una tarea llena de dificultades. Debes, en oración, mantenerte lejos de una falsa adoración: la adoración del yo mismo, una adoración vacía, o una adoración enfocada en el espectáculo.

¿Se trata del ambiente?

Seguro, si tienes el ambiente apropiado la gente se motivará a adorar, ¿correcto? Pues no.

El “ambiente de adoración” perfecto no es algo que puedas manipular sencillamente, como ajustar el termostato del salón. Tampoco se trata del talento musical.

De seguro una voz desafinada puede distraer, pero eso no previene ni motiva la adoración. Para responder la pregunta “¿cómo ayudar a la gente a adorar?” es necesario mirar factores bíblicos.

Adorar es atribuirle a Dios su valor

Adorar es atribuirle a Dios su valor (I Crónicas 16:27–29; 2 Reyes 17:36).

En primer lugar, la adoración no se trata de nosotros. La adoración es acerca de Dios. Suena sencillo, pero es fácil deslizarse y dar una atención inadecuada a Aquel por quien el servicio de adoración existe.

Esta verdad debería humillarnos y bajarnos de nuestro pedestal si creemos que podemos manipular o incitar a la gente a una actitud de adoración.

La adoración es para Dios, no para nosotros.

El peligro del “estilo de adoración”

La gente puede ensayar diferentes estilos de adoración. Para muchos, tener “el sonido correcto” en la música es el factor principal para decidir si una iglesia es apropiada para ellos, o incluso para juzgar a otros.

El término “estilo” surgió en parte por la noción equivocada de que la alabanza se trata de nosotros: la música que nos agrada, los instrumentos, o la época en que se escribieron las canciones.

Obviamente existen formas de adoración que pueden resultar difíciles para algunas personas por su cultura, conciencia o educación. Otras veces, una forma de adoración puede contener acciones contrarias a lo que la Biblia enseña.

El punto es asegurarse de que la alabanza no se trate de lo que nos complace, lo que nos gusta o con lo que nos sentimos cómodos. Quizás hubieses estado incómodo con ciertas prácticas de adoración en Israel (2 Samuel 6:13–23).

A pesar de cualquier preferencia personal, la adoración se trata de Dios. Adorar es una respuesta de humillación, gratitud y gozo por Su grandeza (Salmos 100; Isaías 44:23; Isaías 51:11).

Cuando vivimos preocupados por lo que la gente va a pensar, podemos construir una barrera a la verdadera adoración. Nuestros intentos por una “buena experiencia” pueden convertirse en una auto-adoración insípida.

Cuando nos preocupa más cómo nos vemos adorando que a Quién adoramos, dejamos de adorar a Dios y comenzamos a adorarnos a nosotros mismos.

Dios advierte firmemente acerca de adorar cualquier cosa que no sea Dios, porque nuestros corazones pueden alejarse de Él (Deuteronomio 8:19; Deuteronomio 11:6).

Para adorar, la gente debe ver a Dios

Un estudio de “adoración” a través de la Biblia confronta con una verdad poderosa: la alabanza y la adoración suceden como respuesta a quién es Dios.

  • Dios es Rey; debemos adorarle (Salmo 22:27).
  • Dios nos hizo; debemos adorarle (Salmo 95:6).
  • Dios es santo; debemos adorarle (Salmo 96:9).
  • Dios nos escogió y nos justificó; debemos adorarle (Romanos 12:1).
  • Dios es bueno; debemos adorarle (Apocalipsis 15:4).

La adoración es respuesta a quién es Dios. Por lo tanto, la verdadera adoración pone a Dios en primer lugar.

La gente no tiene que verte para que la adoración florezca; necesitan ver a Dios. La pregunta no es solamente “¿cómo puedo ayudar a la gente a adorar?”, sino: “¿cómo puedo salir del camino para que la gente vea a Dios y le adore?”

Adoramos con “reverencia y admiración” por el carácter y la persona de Dios (Hebreos 12:28). Dios se ha revelado en las Escrituras; por lo tanto, meditar en ellas debe ser parte de nuestra adoración.

Dios nos instruyó a orarle sin cesar. Orar conlleva el significado de atribuirle a Dios su dignidad; por eso, la oración reverente y significativa debe ser parte de la adoración.

Adorar es una decisión

Adorar es intencional. La gente no adora accidentalmente; debemos tener intención de adorar (Génesis 22:5; Jueces 5:3; Salmo 9:1).

Adorar en comunidad es una práctica que cada creyente debe vivir y practicar cada día (Romanos 12:1). La verdadera adoración incluye el Espíritu (Juan 4:23–24), porque Él nos ayuda a adorar.

Una perspectiva bíblica más amplia

En el Antiguo Testamento, la adoración fue más que asistir los domingos a un lugar cómodo. Para Israel, la adoración incluía jornadas largas de viaje, provisiones, campamentos, animales y sacrificios. A veces, las reuniones de adoración duraban días y los servicios horas bajo el calor del sol.

No se trata de hacer la adoración más difícil hoy, sino de recordar que la adoración es un acto intencional con propósito. No es un accidente, no es un ritual, y no es solo algo que llena nuestra agenda de actividades espirituales.

Conclusión

No hemos contestado completamente la pregunta original “¿cómo ayudar a la gente a adorar?”, pero estas observaciones ayudan a corregir malentendidos.

Quizás la mejor manera de ayudar a la gente a adorar es entender la adoración nosotros mismos y vivir y enseñar esa verdad a aquellos que están cerca de nosotros.